Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lc. 23,34)
El grupo de hombres se reúne cada noche. Cada uno con las mejores armas, equipados para matar. Cubren sus ojos con equipo de rayos infrarrojos para ver en la oscuridad sin ser vistos y se apostan frente a la colina a esperarlos llegar. Uno a uno los inmigrantes hispanos van llegando, indefensos, sin saber lo que les espera. En la noche casi no pueden ver por donde van, pero siguen avanzando en la oscuridad. De pronto se escuchan los primeros disparos, los gritos, la carrera. Los que desprevenidos fueron heridos por hombres entrenados para matar, comienzan a llorar tendidos en el suelo. Desde la cruz, Jesús los observa. Son tan crueles como esos hombres que acaban de clavarle injustamente a una cruz. Jesús levanta su rostro y suplica al padre “Perdónalos, porque no saben, perdónalos porque no entienden, perdónalos pero que no saben lo que hacen”, y esa misma noche, recibimos todos el perdón.
En verdad, en verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc. 23,43)
Parecía un hombre humilde, pero en realidad, llevaba mucha rabia por dentro. Había cruzado la frontera con su esposa y con su hijita pequeña ya hace más de 15 años y ya habían logrado arreglar papeles. Decidieron volver de vacaciones para reconectar con la familia. Pero estando allá, las cosas se complicaron. El caballero se encontró con una prima a quien no había visto hace tantos años y decidió traérsela a Estados Unidos para vivir con ella sin que su esposa lo supiera. Usando el pasaporte de su esposa, trato de pasar a su prima por el aeropuerto de Miami y allí los detuvieron a los dos. Al salir bajo fianza, recibío la llamada de su esposa, asustada y sorprendida. La policía había entrado a registrarles pues era su pasaporte el que habían utilizado. Resentida y humillada, su esposa le cuenta que ahora no podrán regresar a Estados Unidos ni ella ni su hija adolescente que apenas puede hablar el español. El hombre me encontró esa noche y con lágrimas confesó todo su dolor. Por su culpa perdió a su esposa y a su hija y las despojó de todo lo que tenían. Jesús lo mira desde la cruz y lo compara con el ladrón que a última hora le pidió perdón en la cruz. Los dos habían buscado solo su conveniencia sin importarle herir a los demás, pero los dos habían admitido su culpa y suplicado perdón con honestidad. Entonces les mira con dulzura y les contesta: “Créeme cuando te digo, que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”. Esa misma noche se abrió un lugar para nosotros también.
Mujer, he ahí a tu hijo; hijo he ahí a tu madre (Jn. 19, 26-27)
Venían los dos juntos como siempre, pues siempre habían sido buenos amigos. Ambos decidieron cruzar la frontera y ambos corrieron al mismo tiempo. Pero un de ellos cayó y ya no pudo levantarse. El otro con lágrimas en su rostro, siguió corriendo hasta cruzar al otro lado. Allá recordó que tenía el nombre y la dirección de la mama de su amigo y siguió su camino hasta encontrarla. La señora sorprendida al ver a otro joven y no su hijo, supo de inmediato lo que había pasado. Desde la cruz, Jesús los observa y le recuerda como su propia madre sufría al verle morir, y como su amigo Juan no se apartaba de ella. “Madre he ahí tu hijo, hijo he ahí tu madre”, les dijo. Así, la mujerinvitó a entrar al joven inmigrante que le había dado la cruel noticia, y le dio de comer. Uno al otro se consolaron. Ella le ofreció un hogar, el la sostuvo con su trabajo. Ella se convirtió en su madre y el se convirtió en su hijo. Del dolor de la perdida, surgió un amor muy especial.
¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado? (Mc. 15, 34; Mt. 27, 46)
Mi amigo, el jornalero, se levanta todos los días muy temprano en la mañana para encontrar trabajo. A veces tiene suerte, a veces no. Ese día le ofrecieron trabajo en un jardín, muy lejos de su casa. Allá trabajó largas horas, sin comer porque ya no le quedaba comida. Por eso se esforzaba más, pensando que al final del día le pagarían bien si trabajaba bien. Pero cuando se monto otra vez en la camioneta para regresar, su jefe americano había cambiado de humor. Ya no estaba alegre y conversador sino molesto y enojado. Con su poco de inglés trató de entender que había pasado, pero mas se enojaba su jefe quien solo buscaba una excusa para no pagarle. De pronto se detuvo en el camino y le gritó que se bajara. Allí lo dejo solo, sin un centavo y sin saber donde se encontraba. Sin ayuda ni esperanza, el hombre comenzó a caminar. Jesús entendía su tristeza, sabia muy bien como se sentía haber sido traicionado. Nadie mejor que Jesús para entender este dolor. Esa misma desolación fue la que sintió en la cruz cuando gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”, y esa misma noche Dios a todos nosotros nos abrazó.
Tengo sed (Jn. 19,28)
Eran 4 mujeres, dos de ellas apenas adolescentes, que viajaban juntas a cruzar la frontera. El coyote les había cobrado más porque le había prometido a la familia cuidarlas. Pero como ya tenía el dinero en la mano, las envió solas, sin protección, a caminar por su cuenta a ver si llegaban. Esa noche se acercaron varios hombres con armas. Como no había quien las protegiera, esa noche solo hubo lágrimas. Al día siguiente, se levantaron una vez mas, se sacudieron el polvo del camino y empezaron de nuevo a caminar. El sol les quemaba las espaldas y la sed les atormentaba el alma. Así las vio Jesús, que también sabia de estar quemándose al sol, colgado de una cruz y con una terrible sed mientras a nadie le importaba su necesidad. “Sed tengo” proclamó ya débil y solo recibió más desaliento. Pero las 4 mujeres tuvieron mas suerte y cuando finalmente proclamaron queya no tenían fuerzas para continuar y la sed no les permitía hablar, un grupo de hispanos las encontró y las llevo a sus familiares. Cuando Jesús proclamo su sed,Dios prometió suplir nuestra necesidad.
Todo está cumplido
(Jn. 19, 39)
El grupo de intelectuales se reunió para acabar de una vez con el problema de la inmigración. Escucharon y debatieron por un tiempo hasta que llegaron a la conclusión que todo el que había llegado a este país ilegalmente merecía ser tratado como un criminal. No solo ellos sino cualquier persona que les ayudara, debería ser tratada como un criminal también. De esa manera nadie se atrevería a ayudarles, todo los ciudadanos responsables les darían la espalda y no tendría mas remedio que volverse por donde vinieron. Así les observó Jesús desde la cruz y al llegar su tiempo proclamó con autoridad: “Consumado es” y por encima de la opresión de la discriminación y la violencia, esa misma noche,Dios desató la victoria sobre su pueblo.
Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc. 23, 46)
Comenzaron a llegar desde temprano, cientos y cientos de hispanos para apoyar la marcha. Algunos llegaron con sus autos, otros en buses y la mayoría en el metro de Washington. Hubo algunos que tomaron el reto de venirse caminando, desde Springfield y desde Maryland, y aun así llegaron. La multitud paralizó el tráfico. El Metro dejo de vender boletos y trato de detener la avalancha humana que seguía llegando. En el centro de la capital el hormiguero de gente seguía creciendo y al son de cumbia y merengue los corazones se iban uniendo, los extraños se fueron conociendo y al final del día éramos un solo pueblo. Entendimos que Dios nos ha traído a bendecir esta nación a pesar de que algunos se opongan a nuestra presencia. Desde la cruz nos observó Jesús, y por primera vez en todo el día el suave destello de su mirada casi sonreía. Era por nosotros que moría, era por nosotros que lloraba, era por nosotros que lo entregaba todo hasta el final para que por su sacrificio nosotros pudiéramos encontrar la vida y la salvación. “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”, grito sin vacilación. Y esa misma noche sobre nosotros se desbordó el amor.